
El Sevilla FC venció con rotundidad a todo un FC Barcelona en un partido brillante de los de Almeyda. La primera mitad fue un baño hispalense, el conjunto de Flick no encontraba juego y se vio claramente superado. La renta pudo ser mayor, pero al descanso los locales aventajarían por la mínima. En el segundo periodo el Barça apretó e incluso erró un penalti. Sin embargo, el carácter de este nuevo Sevilla le permitió aguantar y dar dos golpes finales que culminaron una goleada histórica.
Sonríe el sevillismo, por fin. Tras varios años de dura travesía en el desierto, parece haber encontrado un buen proyecto. Un proyecto que tiene nombre y apellido: Matías Almeyda. El entrenador argentino se ha encumbrado como líder y guía de una plantilla que está rindiendo por encima de sus posibilidades, que va a una como un grupo sólido y que sabe muy bien lo que quiere. Un equipo con muchas carencias, pero que sabe minimizarlas. Un equipo con pocas virtudes, pero que las hace suyas y las potencia a su mejor versión.
Porque la victoria frente a todo un FC Barcelona habla mucho y bien de su entrenador y de una idea que ya ha calado en el vestuario. El Sevilla quiere ser un equipo vertical, atrevido, compacto y sólido. No arriesga pese a rozar la temeridad en los duelos defensivos; no se descubre pese a sumar muchos hombres en ataque, no se desanima y domina las áreas, sobre todo, la propia. Clave, de nuevo, la figura de Odysseas bajo palos en el partido de hoy. Un duelo que pasó por varias fases y casi todas fueron blanquirrojas.
Sus primeros 30 minutos recordaron al Sevilla de temporadas pasadas. Robaba cada duelo, hacía de la verticalidad un puñal para desnudar al Barça y cortocircuitaba la buena circulación blaugrana a base de compromiso y ritmos altos. 2-0 se adelantaron los locales, pero pudieron ser más si Isaac está más acertado. La grada, pese al calor insoportable nervionense, vibraba con su equipo y este respondía como hacía mucho. Pero no todo iba a ser positivo. Rashford ponía el lunar a una primera parte sevillista excelsa con un gol en el descuento que invitaba a la desconfianza.
De hecho, ese tanto que se encontró el Barça lo espoleó. Flick introdujo cambios al descanso y estos respondieron. Se vio un conjunto culé mucho más dominador e incisivo y el Sevilla comenzó a sufrir de verdad. Arriba no daban las piernas y atrás se intentaba achicar agua como podía. Fue entonces cuando Almeyda introdujo los cambios necesarios, cambios que sostuvieron esa embestida visitante y le dieron poso a un Sevilla que sufrió, pero supo sufrir bien a base de buenas acciones defensivas y muchas coberturas.
En una acción de Balde llegaría un penalti a favor del equipo catalán que sería clave. Lewandowski echaba fuera el disparo desde los once metros y lo que pudo cambiar claramente el viento del encuentro en favor visitante, lo hizo en favor local. Ese penalti errado dio aliento, confianza y fe. Justo lo que pareció quitarle a un Barça desdibujado, con más corazón que entendimiento del juego. Los minutos pasaban y apenas se inquietaba a Oddyseas, y cuando de verdad se le ponía en apuros, el griego respondía.
En el último estertor del partido el griego sería fundamental. Evitó el empate en una acción de Roony y en la jugada posterior Carmona iba a sentenciar el partido. Júbilo en la grada, un banquillo desatado y un mazazo definitivo a todo un FC Barcelona que aún iba a sufrir un tanto más. El tanto de la puntilla, el gol de un equipo sevillista que olió la sangre y quiso darse un buen festín después de meses sin concedérselo a su afición. Otra contra vertiginosa acabaría en el cuarto de Akor Adams, que repitió como goleador llevando el éxtasis a Nervión.
Ahora solo queda seguir el camino marcado. Un camino que no será sencillo y que no dará para utopías, pero sí para realidades. Este Sevilla está para no sufrir por el descenso y soñar con hacer un equipo, un proyecto de futuro que asiente bien las bases. No hay que mirar más allá de eso y el sevillista de a pie no pido mucho más que agarrarse a una ilusión. Su equipo, por fin, es reconocible, tiene una identidad con la que se siente identificado y le dibuja una sonrisa que hace mucho más llevadera la semana. Y es que no hay nada como que te devuelvan la ilusión.





















